El 11 de abril salió en Argentina el DVD "The Lost City" o para los latinos "En Nombre del Odio". Producida por Andy Garcia, un exiliado de Cuba a los 5 años de edad, que nos muestra los años 1958,59 en la isla. Esta rodada en República Dominicana, y muestra a la revolución como algo corrompido, de facto, un régimen que fusila y golpea a sus presos en jaulas, mientras el Che Guevara remata a los heridos con su pistola, y sonríe de forma soberbia y burlesca ante los demás personajes. Muestran a los guerrilleros como ignorantes que dicen "El Casino es el opio del pueblo dijo Marx", y como policías malos que atropellan a la gente, la viven sometiendo. y le roban sus pertenencias antes de partir para Estados Unidos. Dicen que la prensa rebelde es ridícula, y dan a entender que la Reforma Agraria mata a burgueses por infartos. Mientras los guerrilleros se suicidan por todo "el mal" y "el odio" que hacen. Se omite por supuesto la amenaza imperialista, el hambre, la pobreza, todo eso no aparece.
Como si no nos sobrara prensa mediocre, ignorancia, criticas envenenadas y poco fundamentadas a Cuba. Tenemos otro ataque directo desde el Imperio contra todo lo que significa Cuba.
La película es protagonizada y producida por Andy Garcia, (Exilado de Cuba a los 5 años). Y trata desde 1958 con la dictadura de Batista y la época dorada para los Cabaret's, Casinos, etc. Hasta la revolución de 1959. Bueno mezclando un poco de Música de la isla, con drama, y la típica historia de amor, se trata la historia de Cuba desde la óptica de una familia de la burguesía, donde sus hijos se dividen por sus diferencias políticas. Donde se sufre la guerra civil, y la revolución
Bueno esas son solo algunas perlas de la película, que estos aspectos simbólicos dejan ver que la única intención es un acto de resentimiento contra la actual imágen heroica de Cuba, su revolución y su pueblo. ¡Contra el Che Guevara la saña es especial!
 Seguramente esta película intentaran hacerla masiva, y se hará popular como critica de las clases acomodadas, de todos los países latinos que sufren la extrema desigualdad.
Troyano
En efecto... PerdidaAramís Castañeda Pérez de Alejo Después de todo es comprensible. Para una ciudad donde el pintor más famoso repite hasta el cansancio una suerte de bandas rojas y amarillas sin gota de sentido, su producto musical más auténtico se llama Gloria Estefan, los ejemplos “latinos” a seguir, Talhía y Paulina Rubio, y los analistas políticos de avanzada, Tomás García Fusté, Armando Pérez Roura, Agustín Tamargo y Ninoska Pérez. No extraña. De una comunidad como esta que, además, se opone al aborto, la eutanasia, la unión entre personas de un mismo sexo, la revisión de la iglesia católica y cualquier asunto que les suene a reivindicación y avance, apoya cuanta causa injusta se le ponga a mano, y considera a esa masa de indigentes que son el pueblo de cualquier país latinoamericano unos ignorantes incapaces de pensar por cabeza propia; no podría esperarse, cuando menos, algo diferente. Si, arriba, el sitio es la capital de la diversión y la ligereza, cuna de paparazzi, famosos venidos a menos y, como costumbre, refleja eso que llamamos tradiciones e idiosincrasia a punta de birriajos y caricaturas, ¿habrá alguien que sueñe, todavía, con milagros? No, por supuesto que no. Entonces para nada es raro que una película, por llamarla de alguna forma, como The Lost City se convierta en un suceso aquí. Porque es justo el sitio en el cual algo por el estilo se encuentra dentro del sistema de normas de lo lógicamente posible. Porque es que, el filme, se concibió desde y para este tipo de gente. ¿A quién, con un mínimo de sentido común, se le ocurriría pensar a estas alturas, en un análisis serio, profundo, desprejuiciado acerca de nada proveniente de un pensamiento anquilosado y arcaico, transido por el odio, la sed de venganza y el resentimiento, tal cual es el que prevalece por los años de los años en Miami? La algazara, pues, es la que correspondía. Hay, en efecto, una ciudad perdida; pero, a todas luces, no es La Habana.
No creo equivocarme si digo que The Lost City es la peor realización cinematográfica que vi en mi vida. Y mira que a fuerza de venir de vueltas de todo uno se las toma con calma, y hasta con gracia. Pero es que es demasiado. Más de lo que el sentido común pudiera concebir. Tan pero tan que debiéramos quedarnos callados porque ni para reírse es buena. El reglamento completo de aquello que por nada de este mundo puede permitirse una película está aquí: alteraciones históricas —ese José Antonio Echeverría disparándose luego de su alocución al pueblo desde Radio Reloj, supongo confundido con Chivás—; violación de las costumbres de época -el personaje que interpreta Andy García rechaza una copa porque después debe conducir-; escasa hondura sicológica en el trazado de los personajes —todos los ejemplos valen, pero más los que describen individuos de existencia real, que redobla la falla—; representación maniquea y caricaturesca de las situaciones —el asalto al Palacio Presidencial, la irrupción de la milicia en el cabaret de Andy y la despedida de este de su familia no tienen desperdicio—; poca o escasa creatividad en la configuración de las escenas —por supuesto los dialogantes hablan paseándose por la oficina, sentándose en el buró, metiéndose las manos en el bolsillo, mirando a través de una ventana, dando vueltas con el dedo al borde de un vaso y, faltaría más, de espaldas al otro, lo cual sino es muy típico de los cubanos, sí del modo hollywoodense de concebir los diálogos en sus dramas y comedias—; referencias sospechosamente cercanas a otros filmes —si algunos pasajes recuerdan a El Padrino o a unos cuantos títulos sobre la mafia italiana de New York no es casual, como se verá más adelante—; desconocimiento y alteraciones de la cultura que se aborda —habría que detenerse en la andanada de música gratuita que desfila por los 138 minutos de metraje, curiosamente una de las “virtudes” que se le achaca a la realización, para comprender que el director nunca se enteró de qué va el asunto con la raza de sus ancestros—; trama amorosa archirrepasada y sabida —sin comentarios—; pésimas actuaciones —los guiños y muecas de Fico Fellove en uno de los callejones de la supuesta Habana mientras discute con el amor de su vida, o ese recitado de versos martianos hacia el final del largometraje, incluidos los pasillos de guaguancó, muestran todo sobre el talento de García; de Inés Sastre me callo por pudor—; y, de esta manera, un cúmulo de clichés, estereotipos y tergiversaciones que no dan para medirlos porque tomaría mucho tiempo y sería hacer el favor que un bodrio de tal magnitud no merece.
Es que a The Lost City no hay por dónde cogerla. Artesanal, rudimentaria, lenta, aburrida y simplona, para no hablar nuevamente de los descalabros etnosociológicos y la ofensa ideológica. Dudo mucho que cuando salga de los predios miamenses, en donde desde ya se le venera cual pieza de culto, consiga mayor resonancia. Y no será, como se apresuran a opinar los “críticos” locales y algún que otro defensor, porque los americanos y el resto del mundo no puedan entender el verdadero sentido y tiempo que refleja, o sean un bando de estúpidos; sino porque ella solita se encargará de destruirse. Sus defectos están tan a la vista que hasta el menos sensato, en China o la Mesopotamia, se daría cuenta de su pobreza sin que hiciera falta aclararles. Y lo peor, al menos para ellos, será el vehículo que desbarranque, si es que algo quedaba de ella, la moral de un exilio que aún no entiende por qué, con tantas y tantas décadas de lucha, no se les toma en cuenta con la seriedad requerida. Con el hecho de los vítores dados por la comunidad a una porquería como esta, imagino que muchos confundidos en el planeta saldrán de dudas. Aunque, a lo sumo, importe poco. En Miami siempre se piensa que quien no esté con ellos o es comunista o es despreocupado. Como se dijo ante las críticas adversas a la película, no tienen noción de “la verdadera tragedia del pueblo cubano”; que para no dar su brazo a torcer, en su terquedad, no faltarán las justificaciones.
Lo más asombroso del asunto es que, por ningún rincón, aparece una voz disonante. Y es que no concibo que nadie, por muchas razones que posea para mantener una posición política distinta a la del gobierno de su país, repare o se sienta timado. O tal vez sí y no emitan criterio que es otra posibilidad, perfectamente creíble, en este ambiente donde el miedo a desentonar se respira en cada partícula de aire. Los especialistas en cine, que después de esto es muy difícil que los siga considerando tal, se unen a la avalancha de elogios sin que les surque una vena por la frente o asome el sonrojo. Si acaso mencionan “la débil trama, la pobreza dramatúrgica y un reparto de actuaciones inadecuadas” -como reconoce Alejandro Armengol en El Nuevo Herald del 12 de mayo de 2006-, pronto se aclaran diciendo que cosas por el estilo “carecen de importancia (...) que no vale la pena detenerse en la realidad histórica (...) porque la verdadera protagonista de The Lost City es la música”. Y ni siquiera, porque si Armengol tuviera un poquito de conocimientos sobre la dramaturgia de la que habla, supiera que dentro de ella la música debe cumplir una función, no aparecer como una mezcolanza de géneros y ritmos puestos en retahíla injustificadamente, sin otro propósito a la vista que el de recalcarnos, porque estábamos inseguros, que de lo que se trata es de Cuba, de la Cuba paradisíaca y floreciente con la que se sueña. Como aquel cuento del que se entera hoy que fuimos colonizados por los españoles y la emprende a golpes con el primer gallego que le quede cerca, Andy García recurre a todas las referencias musicales de las que supo y allá va a armar su recital para que los demás, al igual que él, descubran. Lo que pasa es que llega un tantico tarde. Pero ¡ojo!, que según la filosofía del grupo al que pertenece Andy, después de Benny Moré y Bola de Nieve, en “la patria” no se ha conseguido nada en cuanto al desarrollo de esta manifestación artística, porque la música, como La Habana, como el país, como casi todo, también se perdió. Y todavía de este Armengol hay quien inquirió por sus credenciales como crítico para hablar como lo hizo —despectivamente y con veneno, dicen— de la película.
Ahora, ¿qué más comenta la prensa sobre The lost City? Según Charles Cotayo (El Nuevo Herald, 28 de abril de 2006), “técnicamente (...) no le tiene que envidiar nada a las mejores producciones desarrolladas, financiadas y distribuidas por los grandes estudios” puesto que “es una producción sólida, con un fuerte elenco (...) con escenografía, fotografía, vestuario y coreografía formidables”, para agregar que “ya era tiempo que una figura de Hollywood intentara realizar un filme sobre Cuba de este calibre, con buen gusto, sensibilidad y sinceridad... porque nuestras pasiones, nuestros sabores, ritmos, dolores, en fin, nuestra existencia, merece ser contada con dignidad”. Para los que hayan visto la cinta huelgan los análisis.
René Jordán, otro de los críticos oficiales de cine del mismo periódico (3 de Marzo de 2006), después de afirmar que “como actor, es el mejor trabajo de Andy García” (¿?), concluye diciendo que “entre los dos, Guillermo (Cabrera Infante) y Andy, han encontrado la ciudad perdida”, lo cual es una reverenda suerte porque si hay algo que no aparece en el filme, ni metafóricamente, por ningún lado es justo la grandeza de La Habana en su cosmopolitismo. Jordán sin embargo, con ese sexto sentido que parece tener, le da la bienvenida nada menos que a su resurrección. Bob Tourtellote, de la Agencia Reuter en Los Ángeles (9 de mayo de 2006), considera que “la cinta es (...) una apuesta por la cultura e historia de Cuba: música, danza, vida rural y las salvajes noches de La Habana precastrista con sus clubes y casinos”, incluida una imagen campesina que, para quedarnos solo a nivel de superficie y sin meterle mucho raciocinio a la cuestión, únicamente él vio. Por supuesto el mensaje de Tourtellote queda clarito cuando añade que el filme es además “relevante hoy con la subida al poder en Latinoamérica de líderes de izquierda como Hugo Chávez (...) y Evo Morales”, algo que, veníamos sospechando, se encargaría siempre alguien de señalar.
En cuanto a Armando López, (Encuentro en la red, 4 de mayo de 2006), apunta que “Andy García le pidió a Guillermo Cabrera Infante que le escribiera un libreto con la atmósfera del filme Casablanca, al estilo de El Padrino y los ritmos cubanos como protagonistas”, con lo que, al menos, quedan despejadas algunas de sus verdaderas intenciones. E. Cárdenas, de La Tribuna Hispana (2 de mayo de 2006), encima de aclararnos que “la ciudad perdida es La Habana”, no deja de aprovechar el momento en que hace la entrevista al director para salpicar el artículo con apartes como el de que “el actor con picardía (...) da otra bocanada del puro sin vitola que fuma”, mostrándonos lo cubanazo que, incluso, suele ser. José Bayona desde su sitio en Internet (2005, sin más datos), dice de Inés Satré que es una “exuberante actriz”, pero sin acotar que terrible; y, otra vez, que Andy es “un hombre que conserva intactas sus costumbres latinas”, de lo que es un ejemplo que “en sus 26 años de matrimonio nunca ha dejado de hablar español con su esposa”, que, añado yo, también es latina (¿?). Igual para El Nuevo Herald (4 de mayo de 2006), Vicente Echerri opta por quedarse en las ramas y desentenderse. Ni por casualidad insinúa que la película es una irreverente falta de respeto al significado de lo que somos como cubanos; pero pone la teja al acordar que “el convertir una experiencia de la memoria en arte es siempre una tarea ardua y traicionera, casi como atrapar un espejismo”, y entonces deja sentada su cobardía de emitir criterios más fuertes que, de seguro, lo iban a colocar en la aposición comprometedora que no desea. La inefable Ninoska Pérez (El Nuevo Herald, 13 de mayo de 2006), desata su habitual cursilería para hacernos cómplices de cómo la película “nos hace temblar de emoción. Las penas de los actores se convierten en nuestras”, que “como todo gran poema, nos sacude”, para luego considerarla “una historia épica” que “no es ficción”, donde “al escuchar las palabras ‘La Habana nunca ha conocido la oscuridad al mediodía’ (...) regresaron las lágrimas”. “Afortunadamente, The Lost City es también una aclaración histórica”, logra balbucear y, por supuesto, el “gracias Andy. Gracias por ser fiel a tus raíces... gracias por los extraordinarios sonidos de la música, por la poesía del Apóstol. Por darle vida a nuestra ciudad perdida”. Y, aún queda Antonio Purriños, quien, para un periodiquito insulso llamado La voz de Miami Beach, (No. 115, mayo, 2006), resume la idea general, expresa o no, de cada uno de estos comentarios: la de que “todo aquel que sienta por nuestra patria no puede dejar de ver esta obra, donde aquellos que nacimos antes de la tragedia podamos recordar la Cuba de ayer y los que nacieron después les servirá de ejemplo de lo que perdimos”. Obvio referirme a los errores de concordancia en la redacción y demás disparates.
Por si no fuera suficiente, tampoco han faltado los elementos telenovelísticos y sensibleros que rodean a todo buen intento por llevar a “la realidad” una representación ridícula de la misma, pero sin que fuera el propósito. El pobre Andy contó con un presupuesto limitado que le hizo rediseñar parte del guión y prescindir de escenas, se canta a coro. Al pobre Andy le tomó dieciséis años hacer de su sueño un hecho por no tener el apoyo de las distribuidoras norteamericanas. El pobre Andy hubo de rodar en República Dominicana ante la imposibilidad de hacerlo en Cuba. Al pobre Andy un ejecutivo de la Paramount no le permitía contratar a Cabrera Infante para escribir el guión de la película. El pobre Andy no se dejó vencer por el pesimismo y el desánimo. El pobre Andy desde sus posesiones en Key Biscaine con el tabaco en la boca. Y ¡lo increíble!, “Mi sueño de llevar al cine esta historia empezó el día que abandoné La Habana, cuando tenía cinco años y medio”, dice el sujeto (entrevista realizada por José Bayona y publicada en su página web en fecha no precisa). Y todos con la babita afuera sin preguntarse cómo coño alguien que se supone estrella pueda ser capaz de soltar tan tremendo disparate. Bueno, pero si es el último gran héroe que se ha inventado el exilio cómo dudar de cada una de sus palabras. Si lo han apapuchado con toda suerte de arrumacos y manitas tibias por televisiones, radios, magazines y fetecunes privados. Si es el nuevo Mecías que ha puesto en el lugar que merece a todo un símbolo como lo es el Che Guevara y ha desatado la controversia situando The Lost City a la altura de El último tango en París, La Pasión de Cristo y El Código Da Vinci, entre los esfuerzos por trasladar nuestra cultura a la pantalla grande fuera de las fronteras del país, por encima de realizaciones como Havana y The Mambo Kings. Si es que se trata, otra vez, de Miami; Miami y sus afluentes.
“No olviden llevar un pañuelito al cine”, aconseja Fusté desde su programa matutino. “No olviden llevarlo”, se repite de una familia cubana a otra cuando coinciden en el establecimiento adonde han ido a comer con sus bien criados hijos. “¡La recomiendo, no se la pierdan!” “Es una película que hay que ver”. “Estoy pensando enviarle a Andy García una carta de agradecimiento”. “Viéndola fui de paseo por el malecón, por aquellas playas tan lindas como la de Santa María del Mar (...) aquellos restaurantes (...) llenos de olor a puerco, congrí y plátanos fritos. De nuevo volví a ponerme aquellos vestidos tan lindos”, se lee en las páginas digitales. Pareciera que no existe en estos momentos nada más provechoso en qué poner cuidado. La gente sale llorando, riendo, aplaudiendo, como loca, de las salas de exhibición y, al día siguiente, ni corta ni perezosa invita a los parientes para, entre todos, volver a vivir la catarsis. Y es que al fin, luego de tanto olvido, alguien les hace el favor. Esa historia perenne, mil veces retocada y vuelta a retocar, metamorfoseada y rehecha, llena de huecos negros e imaginarios, que solo existe en la mente de quienes tienen que sobrevivir con ella porque de lo contrario perecerían, pero que bien se cuidan en hacerla parecer como oficial, por arte de birlibirloque y de quien no se tomó el trabajo de investigar bien, toma cuerpo ahora y no es precisamente una ocasión para dejar pasar por alto. Mientras, en ciertos países de América —con mejor ojo, con mayor libertad, con algún sentido de la coherencia, más metiditos en el siglo, todavía con un poco de inclinación a la vergüenza—, cuestionan la credibilidad de la película e, incluso, algunos claman por su prohibición, como sucede en Argentina. La crítica norteamericana, en su conjunto, simplemente la entierra. En todo caso es más morbo para los aguerridos miamenses a quienes ese el jueguito de “el mundo contra mí” encanta y seduce y les permite continuar en pie con algo de fuego. Entre dimes y diretes, escándalos y exclusivas, otro parche para la descolorida carpa que cubre a la ciudad del sol.
Y es que The Lost City pretende ser el retrato de un sitio que antes estuvo pero ya no es, en verdad, el reflejo de una realidad imaginada; un inconsciente colectivo que, a fuerza de remachar la idea y en voz alta, la ha adherido a la piel como algo tangible. Al apoyarse para su ejecución en un discurso repleto de palabras viejas, arquetipos falsos de lo que se supone es la identificación de un pueblo, una visión adulterada de los años que antecedieron al triunfo revolucionario; al arropar el producto de sentimentalismo barato, cursilería, compasión y piedad, al mejor estilo de lo que predica el más empalagoso y retrógrado catolicismo; no será difícil adivinar que ese lugar sin base ni fundamento, estéril, inerte, fantasmagórico, destruido y seudo de que habla el filme, no está en una isla al centro del Caribe, como se quiere hacer ver, sino a noventa millas de ella, mirando al norte. Incluso, el acartonamiento evidente, el acabado infantil, primario, chato, rudimentario de la película no es más que una versión, a otra escala, de la estructura bajo la que se suele cobijar cada cosa que se construye en Miami. Hay, en efecto, una ciudad perdida; pero, a todas luces, no es La Habana.
Entonces pienso que Andy debió ver El Mégano para eso de la situación cubana cuando la república. Y para lo de las luchas “en el llano”, debió dedicar un tiempito al Clandestinos de Fernando Pérez. Quizás porque se trata de una familia pudiente desmembrada a partir de las diferencias políticas entre sus componentes, debió echar el ojo a Un hombre de éxito. Y en lo de entender hasta dónde sí y hasta dónde no se corroe la capital de Cuba, debió tomar unas clasecitas con Memorias del subdesarrollo, Fresa y Chocolate o Suite Habana; puede que hasta poner atención a la famosa conga de Sur Caribe. Pero, intuyo, que es pedir lo imposible. Si es que, enfundado en los calzones de niño prodigio, a los cinco años y medio ya él lo tenía claro. Si, cuestionado sobre qué pretendía con la utilización de la música de la forma en que lo hizo (en el referido artículo de Antonio López para Encuentro en la Red), en un alarde de sus potencialidades como director explica que usarla de “contrapunto dramático a la acción. Como en la escena que el jefe de la Policía de Batista le pregunta a mi hermano preso que está leyendo, y a su respuesta: «los muñequitos», suena un guaguancó de Los Muñequitos de Matanzas”. Algo me viene diciendo, después de esto, que debo hacer mutis. Fuente: www.esquife.cult.cu/revista/
A propósito de The Lost City, un filme de Andy García
El desespero de las ilusiones perdidas Pedro de la Hoz • La Habana
Cuando Benicio del Toro, el reconocido actor de origen puertorriqueño, aceptó encarnar al Che Guevara en el filme que rueda con el norteamericano Steve Soderbergh, se fue a Argentina a indagar más sobre la vida de la legendaria personalidad. Allí encontró a un amigo de juventud del Che, Carlos Ferrer, Calica, quien ofreció a la prensa sus impresiones sobre el actor: “Me dijo que es un admirador ferviente del Che y de la Revolución Cubana y tiene intenciones de hacer algo serio, porque uno siempre tiene mucha desconfianza de todo lo que viene de EE.UU.”.
Andy García, como era de esperar, hizo todo lo contrario. No se detuvo siquiera a saber cómo era, actuaba y sentía el Che Guevara. Se creyó los cuentos de los Carlos Alberto Montaner, los Félix Rodríguez, y otros buenos amigos que lo arropan en Miami cuando va a reunirse con los mercenarios de la Brigada 2506 o comparece en un programa de televisión del Canal 41 con el inefable Oscar Haza para hacer proselitismo (más que publicidad) sobre su frustrada aventura fílmica titulada La ciudad perdida.
No vale la pena desmontar las insidias que derrocha el filme ni las infamias que suscribe. La ciudad perdida, como veremos más adelante, cayó por su propio peso (o mejor dicho, su carencia total de peso) en el saco de las realizaciones olvidables. Pero sí apuntar cómo esta obsesión por enlodar la memoria del Che, a quien Andy García presenta como un matón desaforado, tiene mucho que ver con la desesperación cada vez más evidente en los círculos de la ultraderecha cubanoamericana ante las nuevas realidades del entorno continental.
Es la misma desesperación que llevó a una radio de Miami a arremeter contra el cantante dominicano Sergio Vargas por vestir una camiseta con la imagen del Che, o a Paquito D’Rivera a amenazar al guitarrista y compositor de origen mexicano Carlos Santana por lucir idéntica prenda en la ceremonia de entrega de los Oscar.
Se trata de que la lección ética del Che está rindiendo frutos en una América Latina donde el modelo neoliberal sufre una profunda crisis y se advierte un cambio de mentalidad incompatible con las viejas reglas del colonialismo cultural, aquellas que dictaban obediencia sin límites a los esquemas de Washington. De que los valores de la solidaridad se van haciendo notar por encima de los contravalores del egoísmo.
Como García quiere ignorar esto, se lamenta de que su filme no haya tenido la acogida que merece en el público hispanoamericano, pese a su insistencia publicitaria y a que el diario madrileño El País, a propósito del estreno de la película este noviembre en España, la haya presentado como “una sobria y elegante declaración de amor” a Cuba, y subraye como valor añadido que el guión original fue escrito por Guillermo Cabrera Infante.
La película, cuya trama se ubica (¿o desubica?) temporalmente en los días previos al triunfo de la insurrección contra la tiranía batistiana e intenta contar el destino de tres hermanos ante la situación revolucionaria, no funciona ni como panfleto ni como película.
Eso lo supieron los directivos de los estudios de Hollywood que rechazaron el proyecto a lo largo de varios años. Una vez realizada, le ha costado dios y ayuda distribuirla. García tuvo que admitirlo en una entrevista concedida a las frívolas páginas sociales del periódico dominicano Listín Diario: “Hubo festivales de cine que no quisieron mostrar el filme”. Pero fiel a su manera de pensar, mira la paja en ojo ajeno al decir: “Y continuará pasando de parte de la gente que no quiere ver ensuciada la imagen del Che Guevara y de quienes apoyan el régimen de Castro en Cuba”.
En los propios Estados Unidos la crítica no ha sido complaciente con La ciudad perdida. Michael Atkinson en The Village Voice comentó: “La historia de García lamenta la pérdida de riqueza fácil de unos pocos privilegiados. […] La gente pobre está absolutamente ausente; García y Cabrera Infante al parecer pensaron que las revoluciones campesinas suceden por ninguna razón en particular, o al menos por ninguna razón que al 1% acaudalado debiera importarle”.
Peter Reiner, crítico del Christian Science Monitor, escribió: “En La ciudad perdida se ha perdido la complejidad histórica”.
Stephen Holden, en The New York Times, señala burdos errores de contexto: “Las masas de cubanos empobrecidos que recibieron a Castro como un libertador aparecen solo en avances noticiosos granosos y en blanco y negro. [...] El diálogo político en la película estrictamente está a nivel de un estudiante de secundaria". En cuanto al nivel de actuación, lamenta la profusión de “bufas parodias de amargados apparatchiks comunistas ladrando órdenes”.
Ed González, en Stant 2006, concluye: “[La película es] un manifiesto que probablemente agrade solo a aquellos cubanos cuyas cuentas bancarias fueron destruidas después de la Revolución, o por aquellos que lograron su fortuna en EE.UU.”.
Un periodista español, J.M Álvarez, muy bien enterado de los avatares de Andy García, ha descrito con exactitud la trayectoria artística y los modales políticos del actor-director de origen cubano: “Educado en los valores y costumbres de EE.UU., decidió hacerse actor de cine. Y la cosa fue relativamente bien mientras se limitó a representar papeles de policía justiciero o de ayudante de capos italianos. Pero un día debió de perder su escaso juicio y decidió, para desgracia del Séptimo Arte, protagonizar a García Lorca en una película en la que este —a causa de las ideas preconcebidas que los estadounidenses tienen sobre el mundo hispano en general— era presentado casi como un torero haciendo el paseíllo a las cinco de la tarde. Menos mal que lo único que tiene Andy en común con el poeta granadino es el apellido. Ahora se inicia como director de cine, reflejando, bajo su reaccionario punto de vista, la sociedad habanera de la década de los 50, hasta la llegada al poder de los revolucionarios de Sierra Maestra”.
“Hace tiempo —prosigue Álvarez— que se considera un 'exiliado político', no sé muy bien por qué, pues desde que su familia abandonara Cuba voluntariamente, siendo él un niño y por tanto sin capacidad analítica, no ha regresado jamás. En consecuencia, lo único que conoce de Cuba es la propaganda intoxicadora que realizan la extrema derecha cubana de Miami y los medios de desinformación imperialistas. Pero como la ignorancia, a medida que se prolonga en el tiempo, provoca que algunos adquieran confianza, Andy terminó creyéndose su condición de exiliado e hizo causa común con Gloria Estefan —la del clan musical de Florida— para, junto a grupos terroristas de Miami, participar activamente en las repugnantes maniobras dirigidas a secuestrar al niño cubano Elián González, con el fin de evitar que fuera entregado a su padre”.
En suma, que García es mucho más creíble como El padrino III que haciéndose pasar por nostálgico de una Cuba que infructuosamente imaginan los Bush y sus correligionarios del Sur de la Florida. Fuente: www.lajiribilla.cu/2006/n288_11.html
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